A los venezolanos más prominentes suele vérseles con un vaso de whisky, no de ron, en la mano. Y sin embargo, paladares el de Mikhail Gorbachev esperan con ansia la producción de sus propias barricas en las bodegas de la hacienda Santa Teresa pues los enterados afirman que el venezolano es el mejor ron del mundo.
EL SECRETO RONERO DE GORBACHEV
Mikhail Gorbachev, presidente de la Unión Soviética entre 1985 y 1999 y premio Nobel de la Paz de 1990, es el propietario de la barrica número 77 que reposa en las bodegas de solera de la Hacienda Santa Teresa, antigua propiedad del conde Tovar. Rubén y Roberto Blades, cantantes de salsa, panameños, comparten la 72. Oscar Arias, ex presidente de Costa Rica y también Nobel de la Paz, es el dueño de la 76. Por 11 mil dólares, cada uno tiene derecho a disfrutar hasta de 300 botellas del licor que se madura en el edificio contiguo a la vieja casa de Tovar; éste se elabora sobre la base del “ron madre” —el cual, con 90 años de añejamiento, sigue macerándose en la sala de La Capilla—, y es del consumo exclusivo de los socios de
la Bodega Privada Ron de Aragua. Éste es uno de los muchos planes que ha elaborado la Compañía Ron Santa Teresa con la idea de elevar
el ron venezolano a categorías superiores y con la expectativa de que el ron sustituya al brandy en la sobremesa de los negocios mundiales y al popular whisky en los devaneos de los diputados venezolanos.
Otra de sus estrategias es que todos los fines de semana las puertas de la hacienda se abran para mostrar a los visitantes cuánto han cambiado las cosas desde la época en que el conde Tovar exprimía el jugo de la caña con un trapiche de tracción manual. Hoy, 75% de las 1 500 hectáreas que conforman esta propiedad están cubiertas de cultivos de caña, distribuidas en tablones —recuadros irregulares en los que se concentra la plantación— y divididas en su centro por una cruz de más de mil palmas de chaguaramos, que le indica a los aviadores que ya sobrevuelan el centro del país y a quienes conducen por la autopista regional del centro, que ya llegaron a La Victoria. El otro 25% de la finca da asiento a la zona industrial donde funciona una de las destilerías más modernas de América Latina, capaz de procesar 60 mil litros de alcohol y 240 toneladas de concentrados de melaza por día. Ahora, todos los procesos están matemáticamente diseñados y el llenado, envasado y etiquetado de 300 botellas por minuto puede detenerse con sólo pulsar un botón.
Está calculado también que la siembra de la caña se haga entre noviembre y mayo, que las plantas crezcan un centímetro por día, que al cabo de un año sean cosechadas, que la cosecha sea transportada a la central azucarera más cercana para obtener de ella esa miel fina que es la melaza y que de ella se haga alcohol. Para la transformación de la melaza en aguardiente transcurre un largo proceso industrial de fermentación, centrifugado y destilación. Y, entre el aguardiente y el ron, media una temporada de añejamiento mínimo de dos años en barricas de roble blanco de Limousin, hasta que el licor se apropia de todas las características de la madera: del color, del olor y del cuerpo. Para cubrir con éxito esta etapa, cada barril es ensamblado a mano, sin tachuelas ni pegamento que pudieran contaminar el licor, y esta confección garantiza una vida útil de tres llenados. Luego estos barriles son almacenados en bodegas cubiertas de hiedra por su cara exterior, para garantizar que la temperatura de adentro se mantenga en 28 grados centígrados. En todo este recorrido, sólo la zafra —proceso de quema y corte de la caña de azúcar— se sigue practicando como hace cincuenta años.
Quizá la bebida de venta abierta al público que más se acerca al ron de los Blades, de Arias y de Gorbachev es el Ron Antiguo de Solera 1796, que sí se elabora a través de un proceso semiartesanal. Se madura en la misma bodega privada en la que aguardan los barriles de los famosos, se nutre del mismo ron madre, y es uno de los responsables de que los licores que destila Santa Teresa reciban ahora la denominación de origen de “ron venezolano”. Es pesado, huele a almendras, se siente como un vapor que invade la lengua y corre entre la garganta y la nariz, y se bebe solo, en las rocas, o bañado con agua Perrier. Por sí solo, promedia entre 12 y 15 años de maduración, pero al descomponer sus partes, resulta ser la mezcla de rones que llevan entre cuatro y 35 años de reposo, lograda a través del sistema artesanal de destilación de solera.
Quien visite Santa Teresa podrá llevarse el contraste de todos esos sabores en la punta de la lengua, luego de catar al menos cinco tipos distintos de ron en el Salón Trapiche. El ron que es sometido a una maduración de entre dos a cuatro años es de cuerpo ligero, color ámbar claro, con aroma a alcohol y madera, perfecto para mezclar en un cubalibre. El ron blanco, que lleva consigo de dos a cinco años de maduración, es filtrado después a través de un tamiz de acero para borrar del licor las características de la madera; resulta en una bebida ligera, de coctel. El ron que ya cuenta con seis a ocho años de añejamiento es de cuerpo robusto, color ámbar oscuro, con olor a vainilla y a madera, listo para beber en las rocas. Luego hay otras variantes de marca, como el Rhum Orange o el Arakú, que son rones mezclados en su periodo de maduración con cáscaras de naranja y café, respectivamente, lo que resulta en licores dulces, ideales para la sobremesa o para la confección de postres.
Fuera de este recorrido por el alcohol, los abstemios, los deportistas y los niños tienen también su lugar en la hacienda: en el campo de golf, en las canchas de tenis, en las sillas de los caballos de paseo, en la cancha de paintball, un juego de terroristas en el que un montón de mortales disfrazados de guerrilleros se disparan con armas cargadas de balas de tinta. En el restaurante tienen un lugar a medias, porque la cocina también es zona ronera.
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