viernes, 4 de febrero de 2011

Las Geografías del Ron Venezolano (Parte 1)

Las geografías del buen ron venezolano
Fotografía de Jesús Ochoa

Ron pal que está aquí al frente, ron pal que está a mi lao / Ron pal que está bailando y ron pal que está sentao / Ron pal que quiera, ron pa to el mundo / Ron pa to el mundo, ron pa el que quiera.” Malamente asociado al sudor, a la cadera que se contorsiona bajo el eje del pecho, al timbal, a la camisa floreada, el ron es —en esencia— la más democrática de las bebidas. En Venezuela, los borrachos de cada esquina se lo empinan en su botella “de carterita”; las señoritas lo disfrazan con cocteles de frutas en las fiestas de quince años; los entendidos lo saborean en el maridaje del tabaco; los ilusos lo subliman en un cubalibre. Con todos, el ron es generoso y democrático en placeres y efectos. “No existe la más mínima duda —decía Lord Byron— de que nada calma el espíritu como el ron y la religión verdadera.” Es como decir que el ron, entre otros trances, es el opio de este pueblo.

Dicen que la primera espiga de caña de azúcar —materia prima para la fabricación del licor y originaria del sureste asiático— la trajo Cristóbal Colón en su segundo viaje y que entre la tripulación de a bordo se contaban varios cultivadores. Que la sembraron en La Española, en 1493, y que creció como hierba en todas las Antillas y en Brasil y que de ella retoñaron el alcohol, los barriles, el tráfico de personas y los saqueos de piratas. Que puso a las islas a girar en un círculo perverso de esclavitud: el ron era la moneda corriente para comprar esclavos… esclavos para trabajar en el cultivo de la caña… de la caña que sirve para hacer melaza… melaza que era llevada a Inglaterra para transformarla en ron… en ron para comprar esclavos. Cuatro millones de hombres y mujeres fueron mercadeados bajo ese sistema durante el siglo XVIII; razón suficiente para que Dave Broom, escritor e investigador del tema de los licores, afirme que la del ron es una historia de desplazamientos e inmigración, que la bebida que “anima a la risa y nos lanza al puro disfrute de la vida” nació “rodeada de dolor”. 

Pero aunque fue un trozo de Venezuela lo que Colón descubrió en su segunda travesía, esa espiga no floreció de inmediato en este país, que está más ligado al futuro del ron y de la caña que a ese pasado bucanero. Mientras en las islas del Caribe se comerciaba a un esclavo por mil litros de alcohol a principios del siglo XVIII, por esa misma fecha el libertador Simón Bolívar ratificaba su histórica Proclama de Abolición de la Esclavitud en las tierras de Santa Teresa. Y a pesar de que en las colonias azucareras de Jamaica, Martinica y Barbados se comenzó a fabricar ron a mediados del siglo XVII, fue apenas en 1796 cuando el conde Martín Tovar y Blanco fundó Santa Teresa, la primera hacienda venezolana que pondría a funcionar una destilería de jugo de caña. 

Entonces el experimento era un reto a la paciencia: primero se exprimía el jugo de la caña de azúcar con la ayuda de un trapiche; el jugo era almacenado en canecas de barro para su fermentación y, posteriormente, depositado en el alambique que lo transformaría en un alcohol aceitoso; luego este producto se vertía en cilindros fabricados con madera roja de zaqui provistos de una serie de filtros de carbón vegetal que purificaban el líquido; al cabo de este proceso se obtenía un alcohol apto para ser envejecido en pipas y toneles. En principio, el licor que resultaba de allí no se vendía, sino que era obsequiado a los socios del conde en botellones verdes de ocho litros o compartido con los visitantes que se hospedaban en La Capilla. La Capilla era el nombre que los peones daban a la casa en la que funcionaba la destilería, por la forma en que fueron construidos sus techos; y “beber encapillao” fue el término que le otorgó el uso a la práctica de los negros de beber escondidos en La Capilla, sin el consentimiento del amo.

En las décadas que siguieron, las tierras de Tovar fueron devastadas por la guerra de independencia y sus herederos perseguidos o muertos en batalla. Panchita Ribas pudo huir a tiempo y fue la única sobreviviente de la casta propietaria de estas haciendas. En 1830, contrajo matrimonio con el alemán Gustav Julius Vollmer: el hombre que sistematizó la siembra de caña para la fabricación de azúcar y ron, y quien años más tarde trajo a Venezuela el más moderno alambique de cobre que hasta entonces se conocía en Europa. La producción de licor estalló en un éxito vertiginoso. “La demanda de aguardiente es tan grande —escribió Pal Rosti, fotógrafo y huésped de la hacienda— que el señor Vollmer no tiene un barril en la bodega; es más, no tiene bodega: en cuanto se elabora, se vende. Preparan 300 cargas mensuales”. Entonces el ron comenzó, literalmente, a estar en boca de todos y el negocio líquido de la caña se hizo sólido.

Actualmente, el ron venezolano se distribuye en más de 25 países y compite en el gusto sibarita con bebidas como el brandy y el whisky. Con la merma de los antiguos ingenios azucareros de las islas, la melaza venezolana también es ahora materia prima de exportación para la elaboración de rones distintos al local; algunos críticos incluso sugieren que sin ella la industria caribeña se vendría abajo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario